Sobre la escritura de los maestros y profesores

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“Es que los estudiantes no leen ni escriben”.

Hace un tiempo me tocó desempeñar como docente la coordinación de unas Jornadas de lectura y escritura de reseñas críticas en el Instituto de Formación donde actualmente sigo trabajando.

Entre las motivaciones aparecían los comentarios y charlas con mis colegas donde casi siempre la mirada estaba puesta en el desempeño de mis alumnos, futuros docentes, y sus magros resultados en los procesos de redacción y su casi insondable déficit de lecturas o recorridos personales de lectura.

Sin embargo, la apuesta intentó mirar desde otro lado y cuestionar o desnaturalizar aquellas situaciones “magisteriales” donde las consecuencias de la relación pedagógica eran de exclusiva responsabilidad del alumno. ¿Qué nos pasa a nosotros docentes con la lectura y la escritura?

Me viene a la memoria algún que otro artículo periodístico donde en un simplista análisis se culminaba con afirmaciones determinantes: “Los maestros no leen. Los maestros no escriben. Y encima se lo piden a sus estudiantes.”

Sin entrar a evaluar con profundidad estas afirmaciones mediáticas, ni en derivaciones pedagógicas más profundas, me detengo solo en narrar la experiencia de estas Jornadas: la oportunidad de reunirnos, profesores y estudiantes en un plano de horizontalidad para compartir lecturas y escrituras de reseñas sobre un libro seleccionado (y que no siempre tenía que ver con contenidos programáticos o de la formación académica). Por allí pasaron Mantovani, Sábato, Onetto, Sinay, Galeano, Freire, Etcheverry, Bauman, Rojas y otros. Aquí mencionaré lo difícil que resultó obtener el sí de mis colegas para que se animasen a escribir y compartir sus producciones, una muestra del estado actual del tema que nos ocupa en este post.

Pero la riqueza de la experiencia estuvo asomando antes del evento, en el proceso mismo de elegir qué leer, lo que se entendió y lo que necesitó indagarse con más tiempo, cómo escribir, cómo argumentar, cómo leer en voz alta: “buscamos desarrollar habilidades en la construcción de argumentos, habilidades heurísticas y competencias para la producción de textos escritos.”

El uso de la PALABRA es una de las actividades que identifica a nuestra profesión docente. Y  trabajar la palabra, o con la palabra,  puede provocar en nosotros diferentes sensaciones, causarnos diferentes efectos, colocarnos en diferentes lugares, cuestionarnos algunas posiciones, interpelarnos desde esa palabra que decimos y la que nos habla o somos hablados… y desde su carácter común, casi diríamos… ético. Si deseamos que nuestros niños incorporen y desarrollen las habilidades para la lectoescritura, ser lectores y productores de textos será para nosotros una exigencia en la formación y en el desarrollo mismo de nuestro trabajo.

Todo esto ¿para qué? Desde Ridere Editores queremos sumarnos a incentivar a que nuestros maestros y profesores se animen a perfeccionar su escritura y publiquen aquello que escriben. Para que otros lean. Para que nosotros leamos. Para que leamos la cultura que hacemos todos los días.

La seguimos en otro post.

 

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